Esta es, entre las sierras de Portugal, la que más brilla. Una estrella en nuestro corazón.
Cuando me encontré en la base de la sierra, ya tenía prisa por subir hasta Torre. Sólo es allí arriba, en lo alto de aquellos 2.000 metros, donde se conquista la recompensa por el esfuerzo de la subida y se comprende, finalmente, la majestad, la imponencia de esta Sierra que es una verdadera Reina.
Hasta donde llega la vista, las disonancias del relieve armonizan enormes bloques erráticos de granito, lagunas de erosión, vertientes vertiginosas y allí muy abajo, los valles glaciares del Zêzere, de Loriga y de Unhais da Serra.
Son escenarios impresionantes, marcados por una historia de al menos 20.000 años, cuando las nieves permanentes y los glaciares ocupaban todo el paisaje para después, muy lentamente, deslizarse hasta altitudes más bajas. En el valle glaciar del Zêzere – el mayor de Europa con 13 km de longitud - me siento en el corazón de la más genial osadía: la naturaleza y los secretos de estos bloques inmensos, la delicadeza de las diminutas flores a mis pies, el agua limpísima, la inmensidad sin igual de este paisaje.
No me puedo olvidar de contar, a quien me quiera oir, que el contraste entre los detalles de la vida a esta altitud y la grandiosidad de las antiquísimas escarpas nos hace sentir... minúsculos. Lo que se ve, todo lo que se ve, es absolutamente deslumbrante, porque lo que se ve es ¡la Sierra da Estrela!