Descubrí que hay en el Centro de Portugal un romanticismo hecho de corrientes de agua, arquitectura e historia que nos traslada al encanto y “glamour” de los años 50.
No pude dejar de encontar curioso que, en su “Discurso sobre las Aguas de Penha Garcia”, editado en 1725, el Dr. António Ribeiro Sanches, que más tarde sería el médico de la Zarina Catalina II de Rusia, hiciese ya una referencia a la calidad de las aguas de Monfortinho. “Ir a tomar las aguas” era lo que hacían en los años cincuenta mis bisabuelos, en peregrinaciones románticas que les llevaba a instalarse en hoteles llenos de “glamour”.
En kilómetros alrededor, antes como ahora, el peso de la historia era evidente en las animadas visitas que se hacían a Idanha-a-Velha, Monsanto, Penha Garcia.
Y luego está el agua, que en las Termas de Monfortinho se utiliza con las más modernas técnicas de hidroterapia.
Es lo que me apetece, bajo este calor que se va volviendo habitual con la proximidad de cada verano.
Aquí me olvido de tomar decisiones y me dejo llevar por todo tipo de órdenes caritativas, atenuando con la ligereza transparente del agua que aquí nace, el fuego y la sed del cuerpo y la mente.
Bebo hasta el agotamiento, me masajean potentes chorros. Todo burbujea y se mueve como conviene a la vida.
Hago todo esto por la mañana o al ponerse el sol, mientras en pleno parque –generosa majestad de la naturaleza- muchas especies de pájaros gorjean y pían. Durante las horas de calor, tanto yo como ellos, nos cobijamos bajo las copas cerradas de los árboles. Yo paseando, leyendo y fotografiando; ellos, casi inexistentes por su silencio, mudos de modorra.